El deseo sexual femenino ¿es efectiva la farmacoterapia?


La falta de deseo sexual es quizás la causa más frecuente de consulta entre las mujeres que asisten a terapia sexual, alrededor de un 70% me atrevería a decir. No hay un claro perfil puesto que es un problema que aparece transversal a la edad, el nivel sociocultural, el estado civil e incluso el bienestar relacional.

Sin embargo no necesariamente es el problema real tal como ha sido conceptualizado. Me explico; durante estos 25 años de consulta he podido percibir que la falta de deseo en las mujeres se corresponde muy poco con el diagnóstico clásico de disfunción del deseo sexual. Y esto es relevante a la hora de hablar de intervenciones terapéuticas eficaces.

Las mujeres que llegan a mi consulta a tratar de solucionar el tema de las ganas sexuales, prontamente se dan cuenta que el tema no es de ninguna forma tan restringido (sólo al funcionamiento sexual) y tampoco obedece sólo a una causa. Por mucho tiempo se ha utilizado un modelo arcaico que hace simil la respuesta sexual de mujeres y hombres y que en ambos casos queda corto en la etiología y por tanto en el tratamiento del malestar sexual femenino.

En mi opinión el deseo, entendido este como la disposición a entrar en un contacto sexual, es mucho más complejo que lo que hasta ahora se piensa y se utiliza como indicador para su diagnóstico. La investigación sexual ha sido negligente con la sexualidad femenina al no haber intentado conceptualizar los problemas sexuales de una forma relevante para las mujeres.

Los problemas sexuales de las mujeres, en general tienen relación con claves contextuales, factores relacionales, procesos de elaboración psicológica, tanto respecto de las emociones como de las cogniciones, factores socioculturales, en fin con algo mucho más complejo que la sola activación neurofisiológica o de estructura biológica.

Respecto del deseo o la “falta de ganas”, a mi juicio la cuestión es reconceptualizar el problema atendiendo a, que en el caso de las mujeres, deseo y excitación parecen reforzarse mutuamente, es desde ahí que si bien la consulta puede producirse por lo que se suele llamar “falta de deseo”, el problema real puede tener que ver con algo más que el deseo, desde el punto de vista de la respuesta sexual descrita clásicamente.

No podemos seguir hablando de deseo como se hacía hace 50 años, donde el deseo era la entrada y el primer eslabón que permitía la activación del resto de la respuesta sexual. Eso equivalía a decir “sin deseo entonces no pasa nada”. Eso no es cierto. El deseo es una disposición que parece retroalimentarse a cada momento en la actividad sexual, de acuerdo a otros factores tales como el nivel de excitación subjetiva y factores de orden relacional.

Actualmente han aparecido algunas sustancias que prometen mejorar el deseo en las mujeres. He recibido también un par de consultas al respecto de las parejas de mis pacientes con dificultades del deseo. ¿Es posible un viagra femenino?. Quiero ser enfática, la investigación farmacológica descubrió el viagra como un efectivo potenciador del proceso excitatorio del hombre. Pero ni el mismo Viagra logra ser exitoso cuando un hombre no tiene deseo. El deseo parece no ser capaz de ser activado por una sustancia, sobre todo si entendemos el deseo como parte de una “vivencia sexual” que conjuga múltiples aristas.

Desde este punto de vista, en la atención clínica, me hace más sentido un modelo de intervención terapéutica que sea capaz de comprender el malestar sexual enfocando los componentes de deseo y excitación en un modelo circular; un modelo que discrimine, evalúe y tome en cuenta la excitación genital y la excitación subjetiva, así como la calidad de la estimulación sexual (contexto, duración y tipo de estímulos); factores de aprendizaje configurados en el desarrollo psicosexual del paciente; el contexto relacional, la intimidad emocional de la pareja; las variables contextuales (p. ej., la rutina sexual, las condiciones de vida las agendas cargadas...) y los scripts o guiones sexuales.

En síntesis, creo que el malestar sexual asociado a la falta de ganas de intimar sexualmente, cursa por caminos menos estudiados y más complejos que aquellos que está siguiendo la investigación de la industria farmacéutica.

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