El orgasmo femenino.


El orgasmo, en términos fisiológicos corresponde a la tercera fase de la respuesta sexual humana, posterior al deseo y la excitación. Desde este punto de vista, el orgasmo no es más que un reflejo, aunque desde la vivencia sea experimentado como “el triunfo de los amantes”.

Para las mujeres, según sus relatos, el orgasmo se homologa a perder la cabeza, subir una cumbre desde donde se mira el paraíso o caer en un precipicio hacia un bello mar celeste, por nombrar algunas descripciones frecuentes. Lo cierto es que, como vivencia, el orgasmo es difícilmente explicable, más aún si se toma en cuenta su diversidad, tanto entre mujeres como entre un encuentro sexual y otro.

Como todo reflejo, este se activa en una secuencia particular y específica: ante un estímulo sobre el clítoris con un ritmo y una intensidad particular para cada mujer, se producen contracciones de los músculos perivaginales y perianales las que son vividas como intensamente placenteras. La decodificación de satisfacción la realiza el cerebro, por lo cual, la capacidad de alcanzar el orgasmo en las mujeres está generalmente influida por procesos emocionales y cognitivos.

La preocupación por la ausencia del orgasmo femenino, comenzó a visibilizarse en la medida que las mujeres comienzan a reivindicar su derecho al placer. En otras épocas, no era un problema no tenerlo, dado que la actividad sexual femenina estaba directamente relacionada a la reproducción, para la cual el orgasmo nunca ha sido necesario.

Actualmente, la posibilidad de alcanzar el orgasmo ocupa un lugar muy valorizado no sólo entre nosotras, sino que también aparece como una preocupación de los hombres frente a la imposibilidad de producir satisfacción sexual en sus compañeras. Su ausencia suele producir frustración, depresión, baja autoestima y sufrimiento en la mujer que no lo logra, así como vivencias de desvalorización masculina en su pareja.

Dado todo lo anterior es que me parece necesario aclarar que aún cuando el orgasmo sea un reflejo que podría ser fácilmente gatillado, no resulta una tarea fácil. Por un lado requiere de una estimulación rica, variada y continua sobre nuestra vulva, clítoris y entrada vaginal, pero por sobre todo requiere del permiso que nuestra cabeza nos otorgue para dejar de lado el control, validar nuestro derecho al placer y exculparnos, cosa rara en las mujeres, por brindarnos un espacio de placer personal y único.

Es importante también que las mujeres comencemos a validar las mil maneras que tenemos de alcanzar nuestro orgasmo y no supeditarlo a una aburrida penetración, como ocurre muchas veces. En términos de provocación, la estimulación directa de los genitales, acompañados de una buena lubricación serán el terreno más fértil para un orgasmo. El frote de nuestros genitales, sobre cualquier parte del cuerpo de nuestro amante será otra estrategia posible de utilizar. Tercero, no olvidemos que somos nosotras las que sabemos el ritmo que queremos o necesitamos, así que comencemos a guiar ese movimiento, su intensidad y su cualidad, de manera de aliviar a nuestro compañero aquella responsabilidad ancestral que cargan los hombres de ser gestores de nuestros orgasmos.

La responsabilidad del orgasmo femenino es de las mujeres; nuestras parejas podrán acompañarnos, apoyarnos y ser unos buenos amantes en la medida que nosotras tengamos una participación protagónica en la búsqueda del placer sexual.

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